En la casa de Doña Gloria el amor no se dice en palabras, se organiza: Tiene fechas, rutinas, nombres propios y aullidos de amor. En su hogar no existen las mascotas, hay almas que alguna vez estuvieron rotas y, aún así, aprendieron a quedarse para recibir el calor de un abrazo. Cada perro que ahí la acompaña ocupa más que un espacio, ocupa emociones y memorias, es por ello que Doña Gloria o, también conocida como “La abuela perruna” recuerda cuándo entró cada uno, qué traía consigo y qué transformó al llegar.

Anastasia fue la primera en quedarse. Entró el 27 de Febrero de 2019;  luego llegó Paco, el 25 de febrero de 2020; Fico, el 17 de Octubre de 2020 y  Roco estaba ya, desde 2017, después de Tribilín, el perro que al final, abrió las puertas a todos los demás, el que es punto de partida de toda esta historia. Doña Gloria no había planeado convertirse en refugio; la vida la fue llevando, perro a perro, hasta que llegó a un momento en que entendió que no le quedaba otra opción más allá de reconocer vínculos con estas criaturas que, con el pasar del tiempo se convirtieron en familia: “Si Fico no estuviera aquí, lo matan”, dice, en un tono que no resulta dramático. “Fico es celoso, intenso, complicado; en la calle, nadie tendría la paciencia suficiente para aguantarlo”. En esa casa, los animales encontraron su refugio, sin violencia, sin gritos, sin golpes. Solo con un lenguaje de amor puro les dio esa seguridad para permanecer en sus brazos.  “Ellos me entienden”, repite una y otra vez Doña Gloria, entendiendo que la autoridad es capaz de ser afectuosa.

Una noche la historia hizo un giro completamente inesperado cuando Valentina, su hija se lo llevó engañada a “dar un cuido”. Apareció delante de unas carreteras de la Ceja, un perrito pequeño, curvado, remojado y absolutamente invisible para todos los residentes del lugar, era un perrito condenado a la nada, al desprecio y al abandono. Nadie lo podía adoptar, nadie lo quería; hasta que Doña Gloria lo acogió como si fuese un niño indefenso en busca de amor. Ese perro se llama Milo. Iba a ser un hogar de paso, inicialmente solo dos días ya que, había más perritos a su cuidado, pero el tiempo pasó y Milo se quedó. Hoy vive con la hija de Doña Gloria y es el amor de su nieta, que llegó al mundo después de que llegó Milo. Para ella, Milo es perfecto. Ha crecido con la idea de que ser negro es bonito, con la idea de que la diferencia no se corrige, sino que se cuida. Y para acabar allí, en esa cotidianidad -sin discursos- nació una ética que no está en los libros.

Sin embargo, así como en el hogar de Doña Gloria se aprendió a recibir con los brazos abiertos, también se aprendió a decir adiós. Tribilín, el primero, padeció de una enfermedad huérfana y, aunque resistió hasta donde más pudo, terminó su vida tras un largo suspiro. Cuando murió, el golpe fue comunitario. Roco, su amigo inseparable, lo sintió primero. Perdió al compañero que lo calmaba en las tormentas, que lo acompañaba mientras tronaba la pólvora, que lo protegía sin palabras; una parte de Roco, su fiel confidente, también se fue con él. Tras el fallecimiento de Tribilín, el líder de la manada, Roco también enfermó: vinieron los diagnósticos, la ansiedad, las defensas bajas y por últimp, el cáncer. Con esto, La abuela perruna y sus allegados llegaron a la pregunta que ninguna familia quiere hacerse porque hiere: ¿amar es insistir o soltar? La eutanasia no fue una resignación, fue un acto consciente.: “Alargar el sufrimiento no es vida”, dice Doña Gloria. De ahí le vino la idea de afiliar a los perros a una funeraria. No por frialdad, sino por responsabilidad pues hasta la muerte merece un cuidado.

A partir de ese sufrimiento nació otra promesa: no traer más perros, pero no mirar hacia el otro lado. Así  fue como ella se decidió a abrirse un Instagram. Aunque no sabía de redes, si tenía un objetivo muy claro: visibilizar. Mostrarse como algo más que una mujer jubilada, con casa ordenada, vida activa; deseaba demostrarle al mundo que podía convivir y seguir de pie con seis perros: “Si yo puedo con uno más, otros pueden con uno”, pensó. Sin intención de convencer, en la de inspirar. Hoy sueña con un emprendimiento sencillo: pijamas enterizas con huellas, con memoria, con causa. No para enriquecerse, sino para sostener., para ayudar sin pedir, para que quien compre sepa que también está cuidando. “No puedo traer más perros, pero sí puedo seguir haciendo algo”, dice.

Doña Gloria no se define como activista, ni mucho menos como una rescatista. Se define como cuidadora y amante. En su casa no hay caos ni suciedad, hay orden, límites y respeto. Amar, para ella, también es recoger, organizar, prever. También es escuchar cuando un perro pide salir, cuando otro se sienta y no puede más, cuando la vida avisa que es momento de soltar. Doña Gloria no salvó al mundo, salvó algunas vidas y, en ese gesto cotidiano, silencioso, profundamente humano, encontró también una forma de salvar la suya.

 

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