Este artículo busca presentar la fotografía post mortem en el municipio de Sonsón custodiada en el Museo Folclórico Casa de los Abuelos, Donde reposa el archivo del fotógrafo Emilio Pérez, allí se conservan más de 46.000 fotografías y 30.000 negativos, de los cuales 78 fotografías son post mortem, donde se evidencia a los fallecidos en su ataúd.
Visualizar este tipo de fotografías, puede causar un poco de estupor o de miedo. Desde nuestra perspectiva lo podríamos catalogar como algo grotesco. Desde el siglo XIX y principios del siglo XX era una práctica recurrente y altamente demandada por las personas de la época para guardar en un registro la apariencia “viva” del ser querido que había muerto recientemente. Donde el sentimiento podía ser de melancolía, añoranza, pero nunca de estupor.
Después de la invención de la fotografía en 1816 en Francia, se tiene evidencia de producción en Colombia desde 1842. La fotografía permitió plasmar la realidad del país del momento, y para nosotros hoy estos registros se convierten en “fuentes” o testimonios de la forma de vida del pasado, pues en ellos se pueden apreciar los paisajes, la moda, las creencias, las costumbres de los vivos, y los vivos incluso después de muertos. La fotografía se fue expandiendo a diferentes lugares del territorio; Antioquia no fue ajena a la práctica de fotografiar. En Medellín se tiene el primer registro de una foto post mortem en 1891.
Como lo alude el historiador Juan David Pineda entre las fotografías post mortem en los registros de los fotógrafos de Antioquia hay un buen número de muestras de niños fallecidos, en donde el fotógrafo capta la escena de estos difuntos con la apariencia de tranquilidad, lo que hizo que fueran denominados como “pequeños angelitos”. Podemos afirmar que la escenificación fotográfica unida al imaginario popular de hacer la similitud de los niños con seres puros, sin pecado, los hacían semejantes a los seres angélicos, ya que por el bautismo según la creencia religiosa cristiana, van directamente al cielo a encontrarse con Dios. La vida era frágil debido a las condiciones de pobreza y asepsia, por lo que era frecuente la muerte de menores de edad, muchos de ellos recién nacidos.
No fue solo en la capital antioqueña donde se realizó esta práctica, también se imitó en otros municipios, en donde los aprendices de fotografía buscaban hacerse a este oficio. Algunos recurrieron a las academias francesas, otros a la enseñanza de otro fotógrafo, o lo hicieron empíricamente. En el caso de Sonsón, Don Emilio Pérez López aprendió este arte del fotógrafo Melitón Rodríguez (1875 – 1942). Lo cual le permitió fundar su estudio fotográfico, llamado “Fotografía Venus”, que existió de 1922 a 1982. Este estudio fue muy representativo no solo para la ciudad sino para los alrededores pues allí llegaban personas de Abejorral, Argelia, Nariño y de toda la zona páramo.
La mayoría de las fotografías post mortem del Archivo Emilio Pérez son de niños muertos. En estas fotografías se pueden apreciar las diferentes clases de la época en detalles estéticos como los vestidos, los féretros, los ramos, etc. En algunas fotografías de estos “angelitos” trató de captar por medio del lente que estaban dormidos como, que descansaban serenos, y el cadáver era acompañado con algunos adornos como coronas, medallas, entre otros, que daban angelical escenificación a la dramática escena. Sus ropas blancas simbolizaban la inocencia de su alma. En otras fotos aparecen los cuerpos con un lirio blanco que en la iconografía cristiana significa que no tiene mancha alguna.
En este acerbo, se evidencia la presencia de fotos grupales, en las cuales las familias posan con el difunto, esto se hacía con el fin de mantener viva su presencia y que su recuerdo no se olvide. La fotografía se emplea como un mecanismo para hacer memoria. La intención primordial de las personas al retratar los niños muertos era considerarlos como seres de luz que acompañan a las familias desde el cielo. En algunas fotos es posible ver la angustia de sus familiares, en los más pequeños se evidencia el asombro, o la confusión de no comprender aún la realidad de la muerte.
Hay que anotar que los privilegiados económicamente o cercanos a los fotógrafos de la época eran retratados en su lecho de muerte. La mayoría de las veces para la mayor parte de la población de Sonsón estas fotos eran su primer y el último retrato a la vez. Pues la foto era de alto valor, por lo que algunas personas gastaban sus ahorros para tener el privilegio de conservar la efigie del niño muerto.
Para la época, los cadáveres de los adultos eran maquillados y vestidos con la mejor ropa que tenían, que usualmente era de color negro, y los más devotos eran enterrados con el hábito carmelitano, el cual la tradición oral asevera que era guardado debajo de la almohada, haciendo de recuerdo cotidiano de la muerte. Esto hacía que el creyente estuviera preparado para el momento final.
En el caso de los niños difuntos no eran maquillados y en la mayoría de los casos eran enterrados con su vestido de bautismo, el cual era preparado por su madre como parte del ajuar, pues los niños se bautizaban el mismo día o una fecha muy cercana a su nacimiento, precisamente por el alto número de muertes infantiles. A diferencia de los adultos, los niños no eran enterrados con el hábito de la Virgen del Carmen pues estos no necesitaban del indulto. Hay un caso entre todos de un niño que fue sepultado con una sotanilla y sobrepelliz, este niño por su temprana edad no era monaguillo, pero puede ser una moda de ataviar a los niños con ropas similares a las eclesiásticas, seguramente su madre soñó que este tuviera vocación sacerdotal.
La fotografía post mortem era una práctica común en la sociedad sonsoneña de los años veinte hasta los años setenta aproximadamente. Por otra parte, el Archivo Pérez López es una fuente rica para investigación de la historia regional, en ellas se pueden encontrar un valor más allá de lo estético adquiriendo un valor histórico y patrimonial. Asimismo, el estudio del tema de la muerte infantil en los territorios ya por muerte natural, ya por muerte violenta puede ser un polo muy rico para comprender las conductas de los hombres en el tiempo y su relación y asimilación de la realidad de la muerte.
Por último, las fotografías como documentos nos favorecen una interpelación constante con lo que entendemos y sabemos de nuestro pasado, los valores, los usos, las costumbres cambian, por eso estas fuentes merecen ser conservadas, compartidas y divulgadas, haciendo que este archivo pueda acrecentar con más donaciones de particulares los materiales fotográficos, pues estas fotos están cargadas de memoria. Al celebrar los 210 años de fundación del cementerio San José, es importante aludir a estos usos de la memoria que aluden a la muerte, que han hecho parte de las tradiciones colectivas, no como un espectáculo macabro, sino como un sentido memorial.