La administración de Donald Trump parece haber definido su hoja de ruta para el hemisferio tras la destitución de Nicolás Maduro en Venezuela y la ofensiva actual contra Irán. Durante un encuentro en Miami, el mandatario estadounidense aseguró que Cuba será la próxima “en caer”, afirmando que las autoridades de La Habana están desesperadas por llegar a un acuerdo con Washington. Trump incluso mencionó que enviará al secretario de Estado, Marco Rubio, para gestionar la situación en la isla, lo que ha encendido las alarmas sobre un posible cambio de régimen o una negociación bajo extrema presión diplomática y económica.

La situación dentro de Cuba es crítica. Tras perder el suministro de petróleo venezolano el pasado 3 de enero, el país se ha visto paralizado por apagones nacionales de 24 horas y una escasez de combustible sin precedentes. La falta de energía ha degradado los servicios básicos a niveles alarmantes: la basura se acumula en las calles de La Habana ante la imposibilidad de movilizar los camiones recolectores, y en las zonas más pudientes de la capital, los residentes han tenido que recurrir a la quema de desechos y al uso de leña para cocinar. La red eléctrica, basada en tecnología soviética, es incapaz de operar sin el crudo que antes llegaba de sus aliados regionales.

El impacto económico es igualmente devastador. El turismo, motor principal de la isla, se encuentra en cuidados intensivos después de que aerolíneas como Air France suspendieran sus vuelos debido a la imposibilidad de reabastecer de combustible a sus aviones en el Aeropuerto Internacional José Martí. Ante la parálisis, el gobierno cubano ha autorizado medidas limitadas para que el sector privado importe combustible por cuenta propia, aunque los expertos coinciden en que estas acciones son insuficientes para cubrir la demanda nacional y evitar un colapso total de la economía en el corto plazo.

A pesar del sufrimiento del pueblo cubano, que enfrenta temperaturas intensas sin ventilación ni refrigeración de alimentos, Trump y Rubio han indicado que no es momento de aflojar las sanciones. Por el contrario, la estrategia parece orientada a debilitar al máximo al gobierno de Miguel Díaz-Canel para forzar una rendición en la mesa de negociaciones. Se rumorea que el punto de contacto en La Habana ha sido Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, aunque el gobierno cubano guarda silencio oficial mientras la presión social interna crece por la falta de servicios mínimos.

Con el éxito de sus recientes intervenciones internacionales como respaldo, Donald Trump se muestra confiado en que los 50 años de sistema revolucionario en Cuba están llegando a su fin. “Cuba está lista”, declaró el mandatario, sugiriendo que el efecto dominó iniciado en Sudamérica llegará pronto al Caribe. Mientras tanto, la comunidad internacional observa con escepticismo y preocupación si esta política de “máxima presión” logrará una transición pacífica o si, por el contrario, provocará una crisis humanitaria de proporciones mayores en una isla que ya se encuentra al borde del abismo.

 

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